Rapid, Vama Veche y B-52

Los hombres y mujeres de mi alrededor ya no tenían mucho para bailar sobre las mesas. Un estado de ánimo loco y hermoso se apoderó de todos, mientras yo, poco tiempo después de haber mirado en la tele la partida-pesadilla de fútbol de Rapid, en Bruxelles, parecía parte de una película o de otra realidad paralela, que no tenía nada que ver con su mundo y su vida. Muy a menudo, pensamos que lo que nos pasa a nosotros pasa a todo el mundo, que nosotros somos el ombligo del mundo y que hay unos cuantos millones como nosotros. Por consecuencia, me desperté de una pesadilla en un rinconcito olvidado por el mundo, en una terraza que se llamaba B-52, en Vama Veche. 


Podría invocar el túnel del tiempo y decir que, por un milagro difícil de entender, había aterrizado allí, sólo si la realidad que me rodeaba me hubiera permitido afirmarlo. Más bien nos encontrábamos en una isla de libertad y de felicidad temporaria. Observaba a los jóvenes de mi alrededor y trataba de hacer una conexión entre ellos y lo que había pasado con Rapid, hace menos de una hora, en Bruxelles. La distancia era tan grande, que tenía la impresión de que no separaba dos lugares, sino dos planetas, más bien dos eventos y, por último, dos estados extremos. Por eso, me resultó muy difícil, más bien imposible, hacer cualquier tipo de conexión entre Bruxelles y Vama Veche.

El baile sobre las mesas de los rumanos de B-52 pisaba, ridículamente, le infelicidad de los otros rumanos que perdieron una calificación de fútbol. En mi imaginación, forzada por la realidad vivida por medio de la tele y, asimismo, por la realidad que me rodeaba, dominándome, allí se enfrentaban dos mentalidades. Por una parte, la del futbolista rumano, ya enferma, por causa del mecanismo en que funciona, prestando de éste la mayoría de las palabras duras y, por otra parte, una mentalidad que no conoce profesión, una mentalidad libre, la mentalidad de una generación sin prejuicios, una mentalidad universal, una mentalidad que, por último, puede ser sólo triunfadora, de ganador. Seguramente todos recuerdan los comentarios después de la partida, que acusaban a coro la mentalidad de los jugadores de Rapid. Esta mentalidad, de perdedor eterno, de mosca toda la vida, una vez abejorro y nunca águila, pero, para colmo, siempre el ombligo del mundo, esta mentalidad tiene que desaparecer. Hay que hacer lugar a las mentalidades mencionadas, mentalidades libres, compuestas de un estado y un espíritu.

Por la mańana, en B-52, en Vama Veche, todos los que vivieron su libertad y felicidad, eso incluyendo el baile sobre las mesas, se detuvieron como a una seńal, para contemplar la salida del sol del mar. Al latir en el traspase del tiempo, empezaba a aparecer en forma de clepsidra una mitad unida con el mar y otra, con el cielo.

Al partirse entre dos mundos, parecía elegir, en unos cuantos segundos, - que ritmo tan alerte tiene la vida si uno se detiene a mirar la salida del sol – la libertad de luchar por sí mismo. Abajo, en la playa, un hombre y una mujer, casi irreales... Ella, enfrente de él y del sol, regańándolos; él, casi inmóvil, acariciando un perro, sin verlos...

de Marius Tuca

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